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Espacios de Luz

PAN Y VINO


A MODO DE
PRÓLOGO

Señal de la cruz
SEÑAL DE LA CRUZ

La mano
MANO

Arrodillarse
ARRODILLARSE

Estar de pie
ESTAR DE PIE

Caminar
CAMINAR

Golpearse el pecho
GOLPEARSE
EL PECHO

Gradas
GRADAS

Puerta
PUERTA

Vela
VELA

Hay un segundo camino que también conduce a la unión con Dios. Sobre él no se podría hablar si la palabra misma de Cristo no lo mostrase y la liturgia de la Iglesia no lo recorriera tan confiadamente.

No existe sólo la unión de la visión y del amor, de la conciencia y del sentimiento; existe también una unión del ser viviente. No sólo nuestro conocer y querer tiende a Dios sino toda nuestra naturaleza. "Sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua" dice en el Salmo 62, y el hombre estará satisfecho tan sólo cuando también en vida y ser esté unido a Él. Esto no significa ni mezcla ni confusión. Sostener tal cosa sería no sólo temerario sino absurdo, puesto que nada creado puede mezclarse con el ser divino. Sin embargo hay otra unión además de la del conocer y del amor: la unión de lo viviente.

Debemos aspirar a esta unión, y para este anhelo hay una expresión profunda. La misma Sagrada Escritura nos la pone en los labios: que podamos llegar a ser uno con Dios, igual que nuestro cuerpo con el alimento y la bebida. El mismo Salmo dice: "como de grasa y médula se empapará mi alma, y alabará mi boca con labios jubilosos" (62,6). No sólo querríamos conocer a Dios, no sólo amarlo, sino tomarlo, retenerlo, poseerlo –sí, lo decimos sin temor: comerlo, beberlo, introducirlo en nosotros hasta que nos hayamos saciado y estemos completamente satisfechos de Él.

Esto es así, No nos atreveríamos a exigir tal cosa por derecho propio, Nos tendríamos que espantar ante este sacrilegio, Ahora, bien, pero es Dios mismo quien habla así, y entonces también dice nuestro interior: así debe ser.

Digámoslo una vez más: nada irrespetuoso puede ser dicho con esto, nada que parezca como si quisiéramos borrar el límite que, como criaturas, nos distingue de Dios. Pero nos podemos reconocer en lo que Él mismo ha puesto en nosotros como anhelo. Podemos estar contentos de esto que nos da su bondad suprema. En el misterioso capítulo sexto del Evangelio de Juan dice Cristo: "Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él". Y nuevamente: "Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (55-57). "Comerlo"… recoger en nosotros al Dios viviente hecho hombre -¿no es esto en sumo grado más que lo que por nosotros mismos podemos anhelar? Ojalá recordamos exactamente lo que nuestro ser más íntimo debe desear.

Pan y vinoEste misterio encuentra su expresión en las figuras del pan y del vino.

El pan es alimento. Integro, nutre efectivamente; sustancioso, uno nunca se harta de él. El pan es verdadero –y es bueno. Debes tomar esta frase en su sentido profundo. Nuevamente en la figura del pan el Dios viviente se hace alimento para nosotros los hombres. San Ignacio de Antioquia escribe a los fieles de Éfeso: "Nosotros partimos un pan que es prenda de inmortalidad" –un alimento que nutre a todo nuestro ser con el Dios vivo y hace que nosotros estemos en Él y Él en nosotros.

El vino es bebida. Sí, lo digo correctamente: no solamente bebida que calma la sed, ya que esto lo hace el agua. Del vino dice el Salmo de la creación que "alegra el corazón del hombre" (103,15)- El evangelio de Juan relata que el Señor en Caná lo ha donado en abundancia mediante un milagro a los reunidos en la celebración de la boda ( Jn 2,1-11). Y en la visión apocalíptica de la apertura de los siete sellos, visión que habla de la desgracia que se aproxima, dice la voz: "Pero no causes daño al aceite y al vino" (Ap 6,6). Entendemos que no se habla aquí de exceso sino que el vino es una imagen de la vida abundante, del aroma y de la fuerza que todo lo ensancha y transfigura. En la figura del fino Cristo nos da su sangre divina, no como bebida excelente y prudente sino como exceso de magnificencia divina.

Snguis Christi, inebria me –Sangre de Cristo embriágame"- rezaba Ignacio de Loyola, el hombre con el corazón caballerosamente ardiente. Santa Inés habla de la Sangre de Cristo como de un misterio del amor y de la belleza: "su sangre ha hecho hermosas mis mejillas", se afirma en las plegarias de su fiesta.

Cristo se ha convertido para nosotros en pan y vino, alimento y bebida. Nosotros podemos comerlo y beberlo. "Pan" significa fidelidad y firmeza perseverantes. "Vino" significa amplitud y generosidad sin límites, alegría por sobre toda medida terrenal.

de "Los Signos Sagrados"
Romano Guardini

Agua bendita
AGUA BENDITA

Llama
LLAMA

Ceniza
CENIZA

Incienso
INCIENSO

Luz y calor
LUZ Y CALOR

Pan y vino
PAN Y VINO

Altar
ALTAR

Lino
LINO

Cáliz
CÁLIZ

Bendición
BENDICIÓN

Campanas
CAMPANAS

Tiempo santificado
TIEMPO
SANTIFICADO

El Nombre de Dios
EL NOMBRE
DE DIOS


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